[Analisis] No nos encontraréis ahí… (Sobre violencias de género y gestiones colectivas)

Fuente: Contramadriz

Escribimos este comunicado con la finalidad de compartir la preocupación y el hastío que nos han generado muchas situaciones que hemos conocido o vivido directamente en los últimos tiempos en relación con la definición de la violencia de género y su gestión en los movimientos sociales y libertarios.

Partimos de la idea de que las violencias de género son producto de un modelo heteronormativo que impone una única forma de existencia en cuanto a lo que es nuestro cuerpo, nuestra identidad, nuestra expresión de género, nuestra sexualidad y nuestras relaciones. Todas aquellas personas que no cumplimos con esta norma nos podemos ver o nos hemos visto expuestas a violencias, ya que estas son el castigo a las transgresiones y al incumplimiento de la heteronorma. Y las que suceden en los espacios que debieran ser de apoyo y solidaridad hacen insostenibles las vidas y las militancias de lxs que luchan, y por ello nos oponemos firmemente a ellas. Todas las personas que firmamos este comunicado llevamos años luchando contra el heteropatriarcado, así como por la liberación de todxs.

Ahora bien, una vez expuesta nuestra postura nos resulta imprescindible compartir una reflexión respecto a cómo el discurso feminista hegemónico está definiendo las violencias y, por defecto, se están gestionando las así denominadas agresiones.

La primera cuestión que nos resulta problemática es la forma en la que se está enmarcando, conceptualizando y considerando la Violencia de Género. Desde determinados feminismos se nombra con este término desigualdades de género estructurales o simbólicas, provocando que el concepto violencia tome un espectro demasiado grande de significados. Hemos llegado al escenario en el que una mirada, un tono elevado en una asamblea, una insistencia en mantener una conversación o un acercamiento torpe son considerados actos de violencia. Nombrando así actos tan leves se magnifica la violencia y su alcance, promoviendo una especie de estado de alarma o de terror sexual que sirve como justificación a actitudes airadas, agresivas y absolutamente desproporcionadas hacia quien los comete. No queremos decir que ciertas actitudes no tengan un componente de género, pero de reproducir el sexismo o tener una actitud sexista a cometer un acto violento o una agresión va un trecho.

Así las cosas, lo peor de todo son las consecuencias que esta definición de violencia está generando ya que, lejos de resultar empoderante o liberadora, es claramente victimizante, paternalista y criminalizadora.

Por una parte, nombrar actos de tan baja intensidad como violencia da una idea de que las mujeres y las personas diversas en cuanto al género y la sexualidad, principales víctimas de este fenómeno, son excesivamente vulnerables, lábiles y sensibles, para las cuales solo una mirada podría dañarlas y resultarles absolutamente inadmisible. Además, una víctima definida de tal manera está autorizada a reaccionar de la forma en que le venga en gana y se le  admite cualquier actitud irracional, emocionalmente exagerada de rabia o de tristeza; avalada por el hecho de haber sido víctima de la supuesta situación de violencia.

Pero esta victimización (de las mujeres y personas con diversidad sexual y de género) no se da únicamente en estos casos que estamos tratando –donde se hace un uso extremadamente extensivo del término violencia-, sino también en aquellos en los que de forma efectiva se ha producido una situación de violencia de género. No negamos que en los entornos de lucha y militancia se (re)producen estas violencias, sin embargo, entendemos que la forma en que se explican sus causas y el modo en que se acoge a la víctima condicionan los mecanismos que se proponen para abordar esta situación; siendo la (re)victimización su perversa consecuencia. La legitimación de la víctima para actuar de cualquier modo, el cuestionamiento de su agencia al negarle la capacidad de elaborar estrategias útiles y no solo vengativas y la magnificación de los efectos que esta violencia haya podido tener sobre ella son ejemplos de esta victimización.

En cualquiera de los casos, entender así  las violencias de género –sean de la intensidad que sean- lleva como contrapartida tener que abordarlas de una manera determinada y limitada, que suele derivar en estrategias criminalizadoras hacia quien las comete; cuando la criminalización nunca estuvo entre los planes de quienes pretenden transformar el mundo.

PRIMERAS MEDIDAS, PROPIAS DEL ESTADO… Y DEL ESPECTÁCULO

La prohibición del denominado “agresor” a frecuentar determinados espacios, el escarnio público mediante la propagación de imágenes o nombres completos, la obligatoriedad de llevar a cabo “terapias reparativas” con el control y supervisión de las mismas, la violencia física o las amenazas, etcétera, han sido y siguen siendo estrategias criminalizadoras utilizadas contra las personas que han sido acusadas de cometer algún acto considerado de violencia de género.

No decimos que estas estrategias no pudieran ser necesarias en un momento determinado, asumiéndolo como un fracaso colectivo, con la finalidad de proteger a la víctima o advertir a otras personas ante la peligrosidad de reincidencia. En ese caso, con anterioridad, habríamos contado con el espacio para plantearnos formas menos constrictivas y punitivas de resolver la situación preservando la calidad ética de nuestra actuación y la reparación del daño a la víctima. Pero, lamentablemente, está siendo imposible en estos tiempos plantear en espacios militantes/activistas estas formas mediadas o menos castigadoras de gestión de las violencias sin ser acusada de complicidad con las mismas o de “agredir” directamente al resto del quorum presente.

Nos resulta inadmisible la propagación de datos sin contrastar o informaciones privadas de personas acusadas de agresión, sin proceder a realizar un mero intento de mediación y sin tener en cuenta que algunos de los actos que se denuncian son actos de bajísima intensidad o actos realizados hace años. Todos estos ejemplos los pudimos ver en el caso de la cuenta de Twitter “agressorsmusica”. De la misma forma, nos resulta cuestionable y controvertible que a personas que hayan podido llevar a cabo un acto denominado sexista y que estén dispuestas a repararlo les sea negada la posibilidad de hacerlo y, en cambio, se las someta a amenazas de escarnio o denuncia pública como ha pasado con nuestro compañero y amigo Pablo Vaso. Podríamos nombrar innumerables ejemplos de actuaciones criminalizadoras hacia personas acusadas de agresión que impiden la posible transformación de la conducta, la reparación del daño a la víctima y que ponen en marcha una serie de mecanismos que naturalizan en las mujeres los significados de la bondad y la debilidad emocional y en los hombres los de la imposibilidad de transformación y la maldad intrínseca. Nosotrxs no creemos en hechos naturales y esenciales en cuanto al género.

DESEMPOLVANDO VIEJOS VALORES LIBERTARIOS

Esta forma de definir la violencia sin tener en cuenta las diferencias entre género simbólico, estructural e individual nos deja sin capacidad de nombrar qué sucede con toda la pluralidad y graduación de situaciones. Esto nos despoja de herramientas que se han ido construyendo desde algunos feminismos –y otras corrientes refractarias-, tanto para la superación de las mismas como para identificar qué las genera y por tanto responsabilizar a instituciones, personas o grupos de personas.

Es por todo ello que, sin ánimo de realizar un repaso exhaustivo de estrategias, queremos apuntar algunas cuestiones que nos parecen clave para reflexionar en torno a la gestión de las violencias de género.

Para empezar nos resulta imprescindible elaborar conceptualizaciones rigurosas y objetivas sobre los significados de la violencia de género y huir de la “prohibición” de graduar las conductas y las repercusiones de las mismas. La negación y censura de grados e intensidades resulta inútil para el proceso que debe llevarse a cabo respecto a la persona que ha agredido, pero además también es absolutamente perjudicial para la recuperación de las víctimas.

Por otra parte, es necesario que entendamos los espacios militantes como espacios para sostener la vida de cada vez más personas que luchan y no de menos. No creemos en las purgas, en las élites, ni en la ley del más fuerte. No creemos útiles los procesos de escarnio, ridiculización y agresividad que se han puesto de moda para defender cualquier idea. Las luchas basadas en la identidad, teniendo objetivos y principios muy valiosos, están tomando como estrategia la agresividad verbal hacia el/la otrx, en una especie de pugna antagónica hacia personas comprometidas que estarían dispuestas a transformar sus actitudes machistas, lgtbifóbicas o racistas. En cambio, son insultadas y apartadas de las luchas por una simple cuestión de procedencia identitaria naturalizante y esencialista. Todo ello, bajo la presunción asumida y publicitada de que las militantes y activistas no están aquí para hacer pedagogía. Lo sentimos, pero lxs anarquistas siempre hemos creído que la educación y la pedagogía eran la base de la transformación social, sin olvidar otras estrategias, y no estamos dispuestas a abandonarlas. Creemos en espacios de transformación social y de libertad, no de escarnio, maniobras de poder y castigos.

Estos espacios de transformación social deben servir también para des-aprender y deconstruir los géneros a la vez que elaboramos formas individuales de existencia en libertad, sin coerción ni imposición grupal. Deconstruir los géneros tiene que ver con este proceso de pensar el cómo hemos llegado a ser “hombres” y “mujeres”, y cuáles son los mecanismos que continúan convirtiendo estas identidades en necesarias. Esto nos ayudará por una parte a identificar las instituciones y estructuras coercitivas que siguen imponiendo los géneros como imprescindibles para así poder atacarlas. Pero, por otra parte, nos ayudará a desnaturalizar la idea de que la feminidad implica de forma intrínseca bondad, acceso a la verdad, inocencia y fragilidad emocional; así como que la masculinidad es en sí misma maldad, opresión y violencia.

Por último, apelamos a la responsabilidad individual y colectiva en los procesos de reflexión y gestión respecto a las violencias de género. La “lavada de manos” ante las consecuencias de nuestras estrategias de lucha es una tendencia inaceptable. Las violencias de género no son responsabilidad única de quienes las cometen, y es por ello que, además de acompañar la recuperación de las víctimas, sería importante pensar en formas, colectivas y no vergonzantes, de acompañar el proceso de cambio de quien agrede y está dispuesto a plantearse un cambio y reconocer el error. Las consecuencias hacia quien comete actos de violencia de género deben ser siempre acordes con la intensidad del acto de violencia, pero principalmente a la intencionalidad de reparación y de cambio.

Y es desde esta responsabilidad desde la que escribimos y hacemos público este texto. Es desde la responsabilidad desde donde vencemos el miedo al escarnio y a la falsa susceptibilidad y opacidad. Desde la responsabilidad pensamos que la reflexión nunca resta, sino que suma y es necesaria para hacer crecer nuestras luchas.

¡Contra toda dominación!

¡Por la revolución feminista!