SOCIALIZACIÓN CATASTRÓFICA Y CAPITALISMO APOCALÍPTICO

1. Donde recordamos que la catástrofe de Fukushima es un asunto de gran magnitud, un acontecimiento que nos despuebla al arrebatarnos el futuro. El capitalismo catastrófico aparece aquí como una máquina que desenvuelve tiempos que no terminan de terminar, y el apocalipsis como la ocasión de una revelación.
2. Donde el movimiento antinuclear japonés se pierde entre vanas tentativas para inmiscuirse en el parlamento y desfiles repetitivos con pancartas en la calle: ¡tigre de papel! Donde se recupera aliento cuando este movimiento se transforma en política del conocimiento, en trayectoria existencial y en potente vehículo para nuevos imaginarios: «¡Ir al norte!», «Ir al oeste!».
3. Donde se recuerda que el Japón moderno es el producto de un largo proceso de reconstrucción poscatástrofe. Hiroshima-Nagasaki-Fukushima, o cómo la reestructuración del tejido sociotécnico se opera a la sombra de un consenso irradiante.
4. Donde la dimensión ecológica de la catástrofe de Fukushima nos insta a partir en búsqueda del mundo desde el entramado de la sociedad, de nuestros cuerpos y de nuestras mentes. Algo que ocurre en el caso de los trabajadores de la energía nuclear / los habitantes cercanos a la zona / todos los cuerpos que viven.
5. Donde se explora un reino aterrador e ilusorio, en la confluencia del sueño estatal del arma omnipotente y de la utopía capitalista de la energía sin fin. En este reino, el poder nuclear es un monstruo acéfalo que impone su absurda necesidad.
6. Donde la descomposición del mundo se convierte en la ocasión de redescubrir la tierra, y de ver cómo esquizo-polillas llevan adelante su vida fugaz aquí.

* * *

El Apocalipsis es una gran maquinaria, una organización ya industrial, Metrópoli.
Gilles Deleuze, Crítica y clínica

El mundo ya es apocalíptico, únicamente le hace falta serlo enteramente, y todo el tiempo.
Es preciso superar la idea de apocalipsis como puro acontecimiento, como traumatismo revelador y revolucionario que funda un nuevo nomos de la tierra. En lugar de esto, un apocalipsis combinado y desigual.
Evan Calder Williams, Combined and Uneven Apocalypse

No me refiero aquí al microapocalipsis que es la muerte: todos mueren, e incluso si todo el mundo muriera al mismo tiempo (sí, digo todo el mundo), ¿dónde estaría el problema? La tierra reiniciaría de cero, y ¿qué razones tendrían los ángeles para lamentarse?
George Caffentzis, In Letters of Blood and Fire

Acontecimientos catastróficos, proceso apocalíptico

Han pasado siete años desde las explosiones de la central nuclear de Fukushima Dai-ichi. Y la catástrofe continúa. Cada día, nucleidos radiactivos se esparcen en el aire, el agua y el suelo. Peor: este proceso se amplifica con la política del gobierno japonés, que distribuye en el mundo entero productos alimenticios irradiados, y obliga a las principales municipalidades del país a hacerse cargo de los desechos radiactivos (principalmente en la forma de bermas). El gobierno liberal demócrata persiste en su postura pro-nuclear, pro-rearme y pro-mercado. Al mismo tiempo, las iniciativas populares se multiplican para proteger los cuerpos, las mentes y el medio ambiente: registros sobre la radiactividad por diversos colectivos de medidas, evacuaciones voluntarias, batallas jurídicas, bloqueos, manifestaciones y acciones en la calle. Pero el impulso de estas luchas ha sido insuficiente.
El accidente de Fukushima ha suscitado innumerables discursos. Frente a la emergencia y la amplitud del desastre, la mayoría de ellos han fabricado la idea de una «Crisis Humana» que una solución única podría arreglar, una especie de unión sagrada de los dirigentes, los partidos, los movimientos sociales, que supera las distinciones de clase y de casta. Pero el «problema Fukushima» no es social o político: se relaciona más bien con los «hiperobjetos» conceptualizados por Timothy Morton. Implica cosas, temporalidades y escalas espaciales que escapan en gran parte a los humanos y que, sin embargo, están íntimamente presentes a ellos: agujero negro, biosfera, sistema solar, plutonio, uranio.
El desastre nuclear es irreversible y conduce a dos pérdidas fatales para los seres planetarios. Por su poder de mutación y de destrucción de los procesos genéticos, los nucleidos radiactivos reducen las posibilidades del futuro. ¡Tarde o temprano, todos estaremos irradiados! Y por ello mismo, nuestro vínculo con la tierra, en el pasado considerado como el fundamento de los «comunes», es lo que se ve afectado. Dicho de otro modo, las radiaciones no atrofian simplemente los recursos, sino también nuestras aspiraciones, nuestra capacidad de crear «comunes».
El nombre Fukushima designa a la vez un acontecimiento catastrófico y un proceso apocalíptico. Me veo tentado a emplear este término bíblico, precisamente porque la situación muestra la imposibilidad de un Fin. Algunas personas continúan esperando el Apocalipsis, como la lucha que precede a la salvación mesiánica (o la emancipación) del mundo. Algunos evangelistas estadounidenses creen todavía en el Armageddon y en la lucha contra el Mal, encarnado por los musulmanes. Nuestras tendencias de izquierda nos llevan a esperar un colapso total del capitalismo, que coincidiría con la revolución. Pero lo que Fukushima parece haber probado es la imposibilidad de tal fin. Las catástrofes, incluso las más graves, están absorbidas en un proceso que es el verdadero apocalipsis: un fin sin salida.
Tratar el apocalipsis como una catástrofe, el proceso como un acontecimiento: el gobierno que nace con Fukushima descansa en esta confusión, que resume perfectamente el término falaz de «post-desastre». En un país marcado por terremotos, por la derrota de 1945 y los ataques de Hiroshima y Nagasaki, las representaciones apocalípticas obsesionan el imaginario colectivo, a través de las películas, los mangas, los dibujos animados y la literatura. La fascinación por el desastre expresa el temor a una repetición de la historia, pero eso no impide que advenga. Hay que sustituir la producción de imágenes apocalípticas por la difusión de un sentido práctico de la catástrofe. Elaborar y compartir técnicas de supervivencia, escuchar también los afectos producidos por el apocalipsis: ya no es únicamente la desesperanza, la tristeza y la cólera, es también la fragilidad, la trivialidad y la confusión frente al absurdo del «sistema social».
Apocalipsis significa asimismo «revelación». Ahora nos damos cuenta de que el régimen de la «democracia de posguerra», este régimen que pretendía ofrecer una prosperidad económica indefinida a través de una alianza con la sociedad de control estadounidense, este régimen, por tanto, ha conducido al peor desastre nuclear. Nos queda, por consiguiente, comprender lo que este desastre produce en nosotros, estar atentos a la explosión de afectos que revela. Aquí reside la complejidad de la situación y sus raras promesas.

Fisuras en el movimiento antinuclear

El después-de-Fukushima hizo emerger luchas con formas y objetivos variados: manifestaciones, bloqueos contra la circulación de los desechos radiactivos, movilizaciones contra la reanudación de las centrales eléctricas,1 procesos contra las grandes empresas energéticas, presiones para obtener el rembolso de los gastos médicos o un control público de los niveles de irradiación, evacuaciones voluntarias, coordinación de los trabajadores de la energía nuclear, etc. La heterogeneidad de estas acciones, y de las personas que las han llevado a cabo, ha provocado fisuras en el movimiento antinuclear.
Su unidad se había constituido en gran parte en la década de 1970. Los movimientos contestatarios, socavados por las violencias durante la era de la Nueva Izquierda, conocieron entonces un severo declive, y se reconstruyeron en torno a principios anarquistas, antiautoritarios y horizontalistas: organización sin líder, que parte de la base y está descentralizada, participación en las nuevas luchas de trabajadores precarios, estudiantes y comunidades. Después de Fukushima, estos principios han sido abandonados por algunos activistas, alcanzados por una especie de pasión realista: poner fin a la energía nuclear supondría a sus ojos trabajar con los especialistas y las autoridades. De manera más general, numerosos libertarios provenientes del movimiento antinuclear han sido absorbidos en una amplia coalición, a la vez despolitizada y legalista, la Metropolitan Coalition against Nukes [Coalición Metropolitana contra la Energía Nuclear].2 En junio de 2012, esta coalición consiguió reunir, cada viernes, ante la residencia oficial del primer ministro, a varias centenas de miles de personas para protestar en contra de la reanudación de la central nuclear de Oi.3 Los organizadores de la coalición prohibían todos los eslóganes que desbordaran la consigna antinuclear y cualquier forma de acción distinta a aquella de la simple deambulación con pancartas, hasta las 20 horas a más tardar. Para los responsables del movimiento, era indispensable conseguir prorrogar las aglomeraciones todas las semanas y, por tanto, encontrar un arreglo con la policía. Su movilización, ciertamente masiva, asfixió de este modo cualquier posibilidad de expresión política que estuviera ligeramente afilada. En cambio, sirvió a las ambiciones electoralistas de los socialdemócratas y dio una forma de respetabilidad a los nacionalistas que participan en la movilización.
El giro nacionalista y conformista del movimiento alimentó incesantes conflictos entre los populistas y la izquierda parlamentaria.4 Pero ninguno de los dos campos consiguió crear una nueva fuerza capaz de confrontarse con la situación, limitados como están por la estrechez de su campo de intervención: el terreno parlamentario para unos, la manifestación en la calle para otros. Ahora bien, los procesos de normalización post-Fukushima se extienden bastante más allá de los terrenos de la política convencional; cubren todos los aspectos de la vida. Es posible abordar las luchas opuestas a este proceso de control a través de tres aspectos: el conocimiento y la información, el modo de vida, la imaginación.
Después del accidente, el gobierno, TEPCO (Tokyo Electric Power Company) y los principales medios de comunicación disimularon o desdibujaron la información que concernía a la amplitud de la irradiación y sus peligros para la salud. Este control de la información no se concretizó, como en un régimen totalitario, por medio de la supresión pura y simple de los elementos de conocimiento disponibles, sino por medio de un exceso y un déficit simultáneos de información, creando un estado de indeterminación. Al mismo tiempo, los discursos de los científicos especializados y de los médicos fueron erigidos como verdaderos discursos de salvación.
Por un lado, los científicos pronucleares han difundido de puerta en puerta ideas aberrantes: el desastre de Fukushima ha terminado, ya no hay peligros, los ciudadanos deben retomar su vida normal de trabajadores y de consumidores. Estos científicos constituyen una pieza maestra de la «Aldea nuclear», esa red de fuerzas pronucleares que se extiende a través de todo el gobierno (tanto central como local), las compañías de electricidad, las grandes empresas, los círculos financieros, los medios de comunicación y el mundo universitario, una red íntimamente ligada a la alianza USA/Japón, y que recubre al final toda la clase en el poder desde la posguerra.5
Por el otro, existen algunos científicos que se oponen a la energía nuclear, cuyos propósitos son acogidos por la mayoría de los japoneses como herramientas indispensables para percibir lo absurdo de la energía nuclear. Por ejemplo, los numerosos trabajos de investigación del Dr. Hiroaki Koide del Instituto de Investigación sobre los Reactores de la Universidad de Kyoto (KURRI) son particularmente seguidos. Pero su posicionamiento moral provoca reservas, sobre todo cuando declara que «los adultos y las personas adultas deben aceptar consumir alimentos irradiados» a fin de salvar la industria local de Fukushima, exceptuando únicamente a los más jóvenes de esta recomendación.6 Esta afirmación plantea dos problemas. Exhortando a salvar la industria de Fukushima, el Dr. Hiroaki Koide legitima tácitamente la propagación de la contaminación en todo el archipiélago. Y este llamado al rescate de Fukushima implica que el conjunto de los habitantes del archipiélago se identifique con esta totalidad que se llama Japón. En este sentido, la posición antinuclear favorece el regreso del nacionalismo.
Lejos de los movimientos electoralistas y de las manifestaciones, algunos activistas han decidido dirigirse a la región de Fukushima para ayudar a sus habitantes o participar en las luchas de los trabajadores expuestos a las radiaciones de los reactores dañados.7 Esta iniciativa para apoyar el «estrato más oprimido de la industria de la energía nuclear» se relaciona a la creencia anarquista en una sociedad de apoyo mutuo, que resurge notablemente en circunstancias de grandes desastres, y con la voluntad de organizar la clase popular en un momento radical de lucha. No obstante, las primeras tentativas se acercan peligrosamente al proyecto estatal que apunta a reconstruir Fukushima y a atacar la población local en esta tierra irradiada. En cuanto a la organización de las luchas libradas por los trabajadores de la energía nuclear, se encuentra con diversos obstáculos ligados al poder de la compañía de electricidad y a la naturaleza de los empleos, precarios y móviles.
Estos activistas que se dirigen a Fukushima son llamados «aquellos que van al norte».
Aquí, ellos se encuentran con iniciativas locales para asegurarse de la seguridad de los alimentos y del medio ambiente. Algunas personas, en particular padres inquietos por la salud de sus hijos (principalmente mujeres), han empezado a hacerse cargo del estudio de la contaminación y de sus efectos. Muchas personas inicialmente desprovistas del bagaje científico se han puesto a estudiar física nuclear y medicina para asegurar su supervivencia.8 Y numerosos centros cívicos han aparecido para efectuar registros y difundir esta información, en oposición a las manipulaciones gubernamentales. De forma más profunda, estos proyectos abarcan una transformación de los modos de vida, las costumbres alimenticias, las relaciones sociales, los ecosistemas. Cada vez más diversas personas deciden dejar el noreste o la región de Kanto, y migrar hacia las regiones más seguras de Hokkaido o del Japón occidental; lejos de quedar aislados, los exiliados del interior son acogidos por diversos colectivos.9
Estos evacuados voluntarios son llamados «aquellos que van al oeste».
El plan gubernamental de ayuda a la evacuación ha seguido siendo irrisorio, con lo cual las veleidades de migración interna en el archipiélago son regularmente la causa de las tensiones en el seno de las familia. Las personas adultas (los abuelos) y los trabajadores productivos (la mayoría del tiempo los «esposos») prefieren mantener su modo de vida habitual o prohíben a los miembros de su familia hablar de la situación en términos demasiado críticos, mientras que las trabajadoras reproductivas («madres», «amas de casa», etc.) expresan de buen grado su cólera y su voluntad de cambio radical. Algunas familias estallan o deciden separarse momentáneamente.
Nuestros camaradas extranjeros a menudo nos han preguntado: «¿Por qué el pueblo japonés no se levantó después de Fukushima?». El primer elemento de respuesta reside en las fisuras que aparecieron en el seno del movimiento. El otro reside en la sombra arrojada por el «hiperobjeto», que tiende a hacernos creer que una solución monumental, impulsada por un poder superior, es indispensable. La desmesura del acontecimiento acaba por desalentar cualquier esperanza de revuelta. Un tercer aspecto, por último, procede de la naturaleza virtual de la radiactividad. Los nucleidos radiactivos permanecen imperceptibles, y sus efectos sobre el cuerpo no aparecerán inmediatamente, sino más bien en tres, cinco, diez o quince años. Una catástrofe radiactiva es menos directamente perceptible que la pobreza, la hambruna, las brutalidades policiales o la destrucción de un barrio por un proyecto inmobiliario. Los aspectos reales e imaginarios del problema Fukushima requieren otro enfoque.

Socialización catastrófica

Históricamente, una catástrofe es casi siempre seguida de una reconstrucción de la infraestructuras y de una reorganización de la sociedad, en el curso de las cuales las prioridades se dirigen a la seguridad antes que a la asistencia, y al desarrollo antes que a la reparación. Este proceso está a menudo acompañado por una fase de militarización.
La rendición incondicional de Japón, ocurrida después de los ataques de Hiroshima y Nagasaki, condujo al desmantelamiento del régimen totalitario por las fuerzas de ocupación estadounidenses, y a la implementación de «reformas democráticas». No obstante, las autoridades estadounidenses eximieron a muchos criminales de guerra, incluyendo al emperador Hirohito, y los reclutaron en su lucha contra los «enemigos de la democracia» en el continente asiático. Para el gobierno estadounidense, Japón ha constituido, desde entonces, una base estratégica mayor. Es principalmente bajo el impulso de la superpotencia estadounidense como la energía nuclear «civil» fue introducida en la vida de un pueblo que acababa de sufrir la atrocidad de dos bombardeos atómicos.
A fin de promover el programa «Átomos por la paz» del presidente Eisenhower en 1953, el poder nipo-estadounidense manipuló activamente la información. Incluso si el consumismo de masas le ofrecía una atmósfera consensual, le era necesario sofocar el desarrollo de los movimientos antinucleares y antiestadounidenses que emergieron después del incidente del Lucky Dragon Five.10 Estos movimientos tomaron un giro insurreccional con la oposición al tratado de cooperación mutua y de seguridad entre los Estados Unidos y Japón, e hicieron nacer esa Nueva Izquierda que sacudió a la sociedad japonesa durante toda la década de 1960.
Tres fenómenos –las guerras de Corea y de Vietnam, el crecimiento económico y por último la emergencia de la Nueva Izquierda– se entremezclaron durante este período. El crecimiento económico estuvo ampliamente dinamizado por la industria militar durante dos guerras, y acompañó el advenimiento de una sociedad consumista y mediática. Al mismo tiempo, las oposiciones se multiplicaron desde las fábricas, las universidades, los barrios y las comunidades populares frente a las formas de alienación asociadas al imperialismo estadounidense. Al término de este período, la operación de contrainsurrección llevada a cabo por las fuerzas gubernamentales permitió un vuelco emocional masivo: el terror de las bombas nucleares y el odio a los estadounidenses cedieron su lugar al sueño hegemónico de un paraíso para clase media alimentada ad vitam æternam por la energía atómica.
Japón abriga hoy cincuenta y cuatro centrales nucleares repartidas en catorce sitios, así como ojivas nucleares diseminadas a través de todo el archipiélago en las bases militares estadounidenses. Pero esto no debe ocultar el hecho de que, desde la década de 1970, los habitantes de al menos veintisiete regiones han conseguido repeler la implantación de la energía nuclear.11 Estas victorias frecuentemente son poco conocidas y pasan bajo silencio. Por tanto, es capital afirmar que algunas centrales nucleares sólo pudieron ser construidas en catorce sitios.
La ciudad de Tokio ocupa un lugar particular en esta historia. Ya antes de la Segunda Guerra Mundial, fue golpeada en 1923 por el terremoto de Kanto. Esta catástrofe, que dio lugar a más de cien mil muertos e innumerables desaparecidos, se vio acompañada de atrocidades: se formaron milicias «populares» y masacraron, a veces con la ayuda de la policía y del ejército, a residentes coreanos y chinos, así como a socialistas, sindicalistas y anarquistas. Este suceso activó el desarrollo de Tokio y la reorganización del cuerpo social en una máquina totalitaria que iba a ser, una decena de años más tarde, el motor de la expansión japonesa en Asia. El bombardeo estadounidense en el curso de la guerra del Pacífico contribuyó igualmente a modelar Tokio: es sobre las ruinas de la ciudad donde se edificó la metrópoli que acoge a la economía más grande del Extremo Oriente.
Así pues, la expansión de Tokio se fundó en varias catástrofes, y aquella de Fukushima no constituye una excepción a esta regla. Desde la explosión de marzo de 2011, la reconstrucción constituye así la principal prioridad del poder. En primer lugar, es crucial para la economía y las industrias locales. En segundo lugar, es necesaria para el pensamiento y el reforzamiento de la red metropolitana tokioita. En tercer lugar, tiene que impedir el colapso de la economía mundial. Estos tres dominios están estrechamente entrecruzados y diversos acontecimientos han venido claramente a la vez a remodelar y manifestar esta intrincación. Así, los encuentros anuales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial fueron organizados en 2012 en Tokio y es en esta ciudad donde serán organizados, en 2020, los Juegos Olímpicos. Tales elecciones se hacen eco de la celebración, en 1964, de los primeros encuentros anuales del FMI y de los primeros JO organizados en Tokio. El objetivo era entonces «mostrar al mundo el nuevo arranque del Japón de posguerra»; y el objetivo, hoy en día, es ocultar la gravedad del desastre alardeando el pseudo-triunfo de los esfuerzos de reconstrucción.
La manera en que, desde 2013, el FMI trata de orientar el proceso de reconstrucción por medio de sus recomendaciones –gestionar los desechos nucleares, aumentar las tasas sobre el consumo a fin de financiar la reconstrucción, bajar los impuestos sobre las sociedades, congelar las contribuciones gubernamentales al sistema de jubilaciones–12 parece servir a un objetivo principal: la participación de Japón en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación. Este acuerdo, que apunta a incrementar el poder del sector privado, pone el acento en el soft power, incluyendo para las cuestiones militares, y perfila un modo de gobierno reticular, repartido en aparatos de Estado, ONG, empresas, universidades, comunidades locales y fuerzas militares, en su conjunto favorables al mantenimiento del programa nuclear.13
La organización de los JO revela la misma actitud con respecto a los peligros de la energía atómica. El Comité Internacional Olímpico ha ignorado sencillamente las radiaciones que golpean a Tokio.14 La prioridad, en suma, es mantener las funciones metropolitanas de la ciudad, y qué importa si una dosis –supuestamente moderada– de las radiaciones golpea a turistas y atletas. Con los JO, lo que se inicia es una nueva fase de la reconstrucción de Tokio. La construcción de estadios y de equipamientos deportivos va a conducir, como en otras metrópolis a escala internacional, a la demolición y a la expulsión de numerosos barrios residenciales del centro de la ciudad. Los sin techo que viven en el gran parque público de Yoyogi koen han enfrentado amenazas de expulsión; respondieron constituyendo un movimiento llamado No Olympics 202015 y vinculándose con grupos brasileños que se oponen a los «impactos» de la copa mundial de futbol y de los Juegos Olímpicos en los barrios de Rio.
Puestos de extremo a extremo, los diferentes aspectos del gobierno post-Fukushima se asemejan a una política de abandono. Ésta es justificada por los poderes pronucleares que aprovechan el carácter impalpable e invisible de radiactividad. Nada ha pasado, entonces no nos inquietemos demasiado. Nadie puede saber realmente, por tanto, no podemos atribuir responsabilidades. Esta retórica de la indeterminación, ya movilizada después de los ataques de Hiroshima y Nagasaki, siempre se ha constituido a partir de una distancia focal centrada en la irradiación externa –aquella causada por la radiación solar, la atmósfera, los rayos X, la explosión atómica– pero que es ciega a la irradiación interna (aquella causada por la ingestión de partículas radiactivas en la comida o el agua). Esta irradiación interna, más insidiosa, causa una destrucción lenta y casi invisible de las células. Fue rebelada por las enfermedades de las personas que vivieron en torno a Hiroshima y Nagasaki después de las explosiones, sin haber estado directamente expuestas a éstas.16 Muchas de ellas tuvieron inmensas dificultades para obtener un reconocimiento y una compensación del gobierno, por el hecho de la dificultad de probar los efectos de este tipo de irradiación, que varían según las dosis ingeridas, los tipos de nucleidos radiactivos, la edad, la condición física, etc.
Hoy en día, este debate resuena nuevamente en la controversia que opone dos modelos utilizados para medir la irradiación: el modelo lineal sin umbral y el modelo de umbrales. El primero, utilizado por la Comisión Internacional de Protección Radiológica (CIPR) está construido sobre la idea de que la exposición a las radiaciones es un peligro para la salud, sin importar su dosis. El segundo fue movilizado inicialmente por la Comisión sobre las víctimas de la bomba atómica (Atomic Bomb Casualty Commission, ABCC), una instancia creada por el gobierno estadounidense después de Hiroshima y Nagasaki cuyo objetivo es estudiar, y no atender, los efectos de las bombas en el cuerpo humano.17 Este modelo es el que sigue el gobierno japonés, lo que le permite haber recurrido fácilmente a la idea de «dosis aceptable». Después de Fukushima, la fijación de estos umbrales ha ocupado particularmente al ministerio de Salud, de Trabajo y de Asuntos Sociales. La definición de «normas de seguridad» que conciernen a las dosis de radiación en la comida, el agua, la atmósfera y el cuerpo ha dado lugar a virulentas controversias que oponen al gobierno y los científicos acreditados por un lado (quienes desean aumentar los umbrales), y los irradiados y científicos independientes (que desean reducirlos) por el otro.
Si esta controversia a propósito de los umbrales constituye uno de los frentes de la lucha antinuclear, puede también ser considerada como el proceso a través del cual somos poco a poco habituados a vivir con la contaminación. En términos estratégicos, la disputa que divide realmente al movimiento nuclear se sitúa por tanto en otro nivel: opone a aquellos que desean bajar los umbrales a aquellos que desean rechazar por principio la idea misma de la radiactividad aceptable.
Otros dos elementos relacionados a la naturaleza virtual de las radiaciones añaden más problemas a la dificultad de atenerse a los umbrales. El primero es el modo de difusión de las radiaciones. Los nucleidos no se extienden en círculos concéntricos sino que siguen movimientos perpetuos y complejos, relacionados a los fenómenos atmosféricos o humanos. Zonas con fuerte radiactividad pueden así aparecer de manera irregular, y lejos de Fukushima. Otro elemento se relaciona con la escala nanométrica en la cual se difunden los nucleidos. En su retórica de apaciguamiento, el gobierno ha afirmado que los nucleidos desprendidos por Fukushima Dai-ichi se diluían en el Pacífico; y que era posible incinerar los desechos radiactivos sin peligros. Pero, una vez diluidas en el océano, las partículas radiactivas pierden únicamente en densidad: su intensidad se mantiene tanto tiempo como dura su período de desintegración. En cuanto al fuego, no las destruye de una manera completa y simple.18

Lucha de clases y radiactividad

Considerada desde su perspectiva ecológica, la problemática de Fukushima puede ser descrita siguiendo las orientaciones fijadas por Félix Guattari en Las tres ecologías.19 Antes que el estudio de un medio ambiente, la ecología es una manera de hacer interactuar y entralazarse nuestros cuerpos con el mundo. Por tanto, no apunta a una solución única, indexada a una armonía predeterminada, sino a un proceso múltiple, que autoriza varias soluciones.
Gregory Bateson escribe: «Si un organismo o agregado de organismos se pone a trabajar por su mera supervivencia y piensan que hay aquí una elección ofrecida a sus meros movimientos de adaptación, entonces, de hecho, sus propios progresos van a destruirlo a sí mismo».20 En este sentido, la destrucción del medio ambiente por el «progreso humano» inició desde hace mucho tiempo. El calentamiento climático así como otros tipos de contaminación, han sido declarados irreversibles y la catástrofe nuclear de Fukushima es una manifestación de la tendencia del progreso humano a colapsar su afuera hasta el punto de destruirlo. De aquí se deriva esta crisis de los «comunes» que vivimos, es decir, la contaminación por las radiaciones invisibles de los recursos naturales, y la pérdida, que de ello resulta, de un vínculo permanente con la tierra.
La compartición de recursos con el objetivo de crear apoyo mutuo o comunas descansa en efecto sobre una condición sine qua non: que la tierra y el pueblo mantengan una relación orgánica, de tal modo que los excesos o los desechos ligados a la reproducción del pueblo puedan servir de vuelta a la reproducción de la tierra.
La economía capitalista se ha construido sobre la expropiación y la mercantilización de los comunes, así como sobre la transferencia de los desechos hacia los territorios de los más pobres. Cuanto más se desarrollan las sociedades capitalistas, tanto más pierden su capacidad de reciclar lo que ellas producen en exceso, relegando así lo negativo al dominio de lo invisible: el aire, el océano, el subsuelo, los territorios económicamente inferiores.
Si llamamos «comunes negativos» a los desechos que no pueden ser reciclados, la contaminación radiactiva post-Fukushima constituye tal vez su peor ejemplo nunca conocido. Y esto es irreversible. ¿Quién tiende a estar más expuesto y afectado por las radiaciones? Las personas que viven cerca de los reactores, por supuesto, pero también los obreros de la central expuestos a las radiaciones, los granjeros en las zonas contaminadas, los trabajadores encargados de los saneamientos en diferentes regiones de Japón, todos los demás trabajadores en el exterior, los sin techo (que a menudo son jornaleros sin trabajo), y finalmente los niños, más sensibles a la radiactividad.
La vida, la reproducción, el trabajo, todo está expuesto a las radiaciones, de tal modo que hacerse irradiar y mantener el cuerpo en forma se han vuelto las dos facetas de un mismo trabajo social, que apunta al mantenimiento de las fuerzas (re)productivas y consumistas. En este marco, es posible redefinir los puntos centrales de la catástrofe ya sea que conciernan 1) a los trabajadores en los reactores, 2) a los habitantes cercanos, que han perdido sus tierras y sus casas, y que pueden aspirar a compensaciones y, por último, 3) todos los cuerpos vivos.
Los trabajadores más expuestos a las radiaciones pertenecen al grupo de los «jornaleros», la fracción más precaria y más nómada de los trabajadores japoneses. Ellos viven en los yosebas, los guetos de las grandes ciudades industriales, donde esperan a ser reclutados en obras de construcción, en los muelles o en sitios irradiados. Excluidos de la sociedad civil fueron ellos quienes construyeron las infraestructuras del Japón de post-guerra. Muchos han tenido que abandonar su región por las metrópolis luego de la instalación de una central. En las cercanías de Fukushima, por ejemplo, las tierras de Futaba u Okuma no se prestaban ya a la agricultura, lo que condujo a los hombres en edad de trabajar a formar parte de las ciudades, en particular Tokio. Ironía de la suerte, fue después hacia nuevas centrales que tuvieron que dirigirse para encontrar trabajo y dar de comer a su familia… a condición de que aceptaran ser irradiados.
Entre estos trabajadores se encuentran asimismo personas que vienen de Corea o de Okinawa, así como burakumin, un grupo social minoritario discriminado, descendientes de la casta de los parias de la época feudal. Después de la guerra, los yosebas se han vuelto con todo ello en zonas monosexuales, situadas en las proximidades de los barrios de las prostitutas, que a menudo vienen de Taliladia, Birmania, Corea, China u otros países de Asia del Sureste.
Las luchas de los jornaleros han constituido los movimientos de trabajadores más radicales en el Japón post-Segunda Guerra Mundial, tanto antes como después de las turbulencias de la década de 1960.21 Estas luchas no estuvieron exentas de importantes insurrecciones, en particular en San’ya (Tokio) y Kamagasaki (Osaka), la más reciente de las cuales estalló, por otra parte, en 2008 durante la cumbre del G8. La radicalidad de estas luchas se explica no solamente por la pobreza y las difíciles condiciones de vida de los jornaleros, sino también por la violencia cotidiana a la cual los confrontan los proveedores de trabajo –yakuzas y organizaciones fascistas en su mayoría– y la policía.22 Lo que el proceso de acumulación primitiva de la posguerra les ha quitado –la tierra, los medios de subsistencia locales, la familia, la salud, la dignidad, una residencia permanente, etc.– encierra la necesidad y la posibilidad de aquello que entendemos por «comuna» en cuanto realización de los comunes. Sus luchas requieren procesos de autoorganización que cobran todos los aspectos del cuidado, del apoyo mutuo, de la autodefensa, etc.
A partir de Fukushima, algunas organizaciones de trabajadores de San’ya y otros trabajadores precarios intentan organizarse con los trabajadores del sector nuclear.23 Pero estos intentos han encontrado numerosos obstáculos. En primer lugar, los objetivos de lucha han hecho aparecer desacuerdos: algunos esperan reforzar la protección de los trabajadores cuando otros desean movilizarse por el fin de la energía nuclear civil. Pero sobre todo, el movimiento ha tenido que componerse con la naturaleza jerárquica y disimuladora de las compañías de electricidad y de la industria nuclear.
Las centrales nucleares24 están organizadas de acuerdo con una jerarquía estricta, que parte de la compañía de electricidad y que atraviesa después hasta ocho capas de subcontratistas y proveedores de mano de obra (entre los cuales se incluyen grupos yakuzas).25 Este organigrama se despliega con la mayor opacidad y un reparto asimétrico de la información, las ganancias y el tipo de trabajo. Mientras que los empleados directos de las sociedades de electricidad tienen el monopolio de la información delicada, se ocupan sobre todo de gestión e intervienen raramente en sitios altamente radiactivos, los trabajadores reclutados por los subcontratistas se hacen cargo de las tareas físicas en espacios de fuerte radiactividad y sin suficiente información ni seguridad o medida de seguridad consecuente.
Por tanto, la autoridad de la compañía de electricidad es absoluta. Sus objetivos consisten principalmente en bajar los costos y en conservar una buena reputación. Esto tiene por efecto una disminución del valor del trabajo con riesgos: al término del recargo operado por cada proveedor y por cada subcontratista que extraen su parte, los trabajadores en contacto con la radiactividad perciben un salario diario de únicamente 10 000 yenes (es decir, cerca de 75 euros). Después, la compañía de electricidad se dedica a que el público siga siendo ignorante de las condiciones de trabajo de un obrero en el sector nuclear, de los riegos de accidente del trabajo y de enfermedades como las leucemias o las enfermedades cardíacas. Los subcontratistas acceden a estas exigencias y resuelven los litigios relacionados con las heridas y las enfermedades a través de arreglos, sin pasar por las aseguradoras o los servicios sociales.
Este encubrimiento va de la mano de la manipulación constante de la información. Desde el accidente, la posición de TEPCO ha sido siempre contradictoria: por un lado, rechaza poner fuera de servicio los reactores dañados, temiendo pérdidas de capitales, y por el otro, no posee ni los conocimientos, ni la tecnología, ni la mano de obra necesarios para la reparación. En los primeros momentos de la catástrofe, TEPCO decidió primero evacuar a todos sus obreros del sitio, antes de que el primer ministro Kan ordenara su mantenimiento en funciones con el objetivo de impedir «un escenario catastrófico».26 Las condiciones de trabajo de alto riesgo en el sector nuclear se acercan a las de unos soldados en el frente, con la diferencia de que no hay aquí enemigo externo, y de que estos mártires nunca serán sacrificados. Por eso, cada vez más empleados de TEPCO renuncian desde el accidente.
Por fuera de la esfera clásica del trabajo, la catástrofe de Fukushima ha reforzado también otros aspectos de la lucha de clases. Antes que nada, el papel de las trabajadoras reproductivas no remuneradas, que por mucho tiempo permaneció invisible en la prosperidad de la posguerra, ha aparecido en primer plano. Su misión social, cultural y familiar, su «naturaleza femenina», han sido celebradas así desde un punto de vista patriarcal. Pero el trabajo que ellas han asegurado para proteger la comida y los lugares para vivir frente a las radiaciones también ha sido politizado desde una perspectiva feminista.27 La cólera de las mujeres frente a la doble opresión ejercida por el marido que desea mantener el statu quo y el gobierno que asegura que todo está bajo control, se ha expresado principalmente durante manifestaciones que reclaman una reducción de los umbrales de exposición para los niños.28
Otro punto sobresaliente de la complejidad de clase en situación de catástrofe nuclear proviene del desarrollo históricamente desigual entre la metrópoli y el campo, es decir, entre Tokio y la región de Honshu en el noreste, donde se sitúa Fukushima. El campo siempre ha sido puesto al servicio de Tokio, no solamente por la agricultura y la pesca, sino también por el abastecimiento de electricidad y de una mano de obra disponible para la construcción… y la industria del sector nuclear.
El tercer aspecto de esta complejidad de clase reside en la cuestión de la edad y de las generaciones. La precarización del empleo y la reforma de la educación, han instalado, de hecho, a la mayor parte de la juventud en una situación de deuda de por vida. Además, el envejecimiento de la población y el declive de las tasas de natalidad han intensificado la presión sobre los jóvenes, y han aumentado su responsabilidad con respecto a las personas adultas, tanto en el seno de la familia (por el cuidado personal) como en el resto de la sociedad (asumiendo el costo de las ayudas sociales). En este marco, la contaminación radiactiva y la vulnerabilidad física que implica han dado un golpe fatal a los jóvenes, a su esperanza en el porvenir. De ahí el tema recurrente del nacionalismo unificador que los constriñe al sacrificio, a la aceptación de una vida irradiada.
Mucho tiempo determinada por el tiempo lineal, mensurable por el reloj, y por ello mismo mercantilizable en cuanto fuerza de trabajo, la existencia corporal ahora resulta apresada como rehén por los períodos de desintegración de las sustancias radiactivas, y esto por un número de años astronómico. El porvenir que se presenta a nuestra imaginación apocalíptica es aquel de una sociedad de hospital, controlada por los grupos farmacéuticos.
La deuda financiera, que pesaba sobre los más modestos, se ha extendido a todo el mundo, y en particular a los más jóvenes: herederos de los desechos del capitalismo, su único porvenir es rembolsar la deuda de la contaminación. El tiempo que ellos pierden es el propio porvenir, como tiempo indeterminado y por tanto como tiempo en el cual se crea una temporalidad propia. En este sentido, Fukushima puede nombrar la condición universal del humano, bajo el régimen del capitalismo apocalíptico.

Capitalismo apocalíptico

Frente a estos reactores en fusión, el capitalismo está confrontado a una contradicción inédita: su fuerza de trabajo (su capital variable), expuesta a las radiaciones, aguarda la enfermedad y la muerte, mientras que sus centrales nucleares (capital constante) liberan partículas radiactivas. El trabajo muerto suplanta al trabajo vivo o, más bien, es el trabajo zombie que llamamos radiactividad el que, a través de la contaminación radiactiva, domina a partir de ahora.
La gestión post-desastre, focalizada en la reconstrucción, descansa aún en operaciones nucleares, entre las cuales se incluyen los intentos fútiles pero no menos lucrativos de tratamiento de desechos y de desmantelamiento de las centrales a una escala mundial. Dicho de otro modo, lo que está en juego, para el capitalismo después de Fukushima, es saber cómo transformar en mercancía los nucleidos radiactivos.
Así, otra proyección apocalíptica predice la creación, desde el noreste de Japón, de una zona industrial donde el gobierno invitaría a todas las industrias internacionales a tratar la integridad de los desechos nucleares del planeta. A fin de salvar su economía, Japón se especializaría así en la gestión del desastre. Es fácil, entonces, responder a esta pregunta lacerante: «¿Por qué es tan complicado abolir el poder nuclear, a pesar de la catástrofe de Fukushima?». Incluso si algunos reactores pueden ser puestos fuera de servicio aisladamente, y la construcción de nuevos reactores detenida –gracias a las luchas locales–, es difícil, incluso imposible, abolir el poder nuclear. Ya que incluso si algunos países decidieran acabar con él –gracias a las presiones de su población– no desaparecería del planeta sin que desapareciera, con él, el Estado y el capitalismo.
Los dos componentes del poder nuclear –uno militar, otro civil– ofrecen a los Estados el sueño utópico de un arma omnipotente, y al capitalismo el sueño utópico de una energía sin fin. Dicho de otro modo, el sector nuclear renueva el lazo establecido desde la revolución industrial entre capitalismo y soberanía nacional. La evolución que designa la sucesión carbón-petróleo-energía nuclear se confunde con la construcción de la infraestructura necesaria para la totalización del mundo. Pero ninguna de esas tres fuentes ha sido enteramente suplantada por la siguiente porque hubiera sido menos cara, más potente o más segura. Por el contrario, las tres energías han sido utilizadas conjuntamente en función de la oferta y la demanda.
La energía siempre ha sido la preocupación central del capitalismo. Ahora bien, la energía primaria que éste moviliza sigue siendo el trabajo humano, reproducido en la comunidad de los apegos vivos y en el seno de un entorno «natural», ampliamente tributario de la energía solar. La historia de la expansión y de la reproducción del capital, o la historia de la lucha de clases, se ha desarrollado de la mano de las revoluciones científicas: con la teoría copernicana del sistema solar, las leyes de la terminodinámica de Carnot, la ley de la conservación de la energía de Mayer, la organización taylorizada del trabajo, la propuesta de Edward Teller –el padre de la bomba H y el supuesto modelo del «Dr. Strangelove»– de un nuevo sistema de producción fundado en la energo-informatización de la sociedad.29
Como lo descubre Timothy Mitchell en Carbon Democracy, la era del carbón marcó el inicio de los movimientos masivos de trabajadores, con el uso de la huelga general que puede afectar a numerosos sectores gracias a la concentración geográfica de la extracción, la producción y el transporte del carbón. La era del carbón también es aquella de la democracia moderna en Occidente, fundada en el imperialismo y la expansión geográfica. La era del petróleo, por su parte, alcanza los límites de la producción y la circulación energética, así como los límites de la democracia.30 Ella anuncia el fin del Estado benefactor, la dispersión de los lugares de producción y de las redes de distribución, la invención de un espacio-tiempo y de una cultura basados en el automóvil, la emergencia de una economía cuyas mercancías principales son la información, los servicios y la energía, los límites espaciales de la colonización y la reorientación de la mercantilización capitalista de la escala macro hacia la escala micro. La energía nuclear, por último, no apareció sino en el seno del paradigma petrolero, en cuanto ramificación de la tendencia cada vez más energívora del capital. No obstante, juega un papel central en la supervivencia del capitalismo, por su doble función. Inicialmente militar,30 esta tecnología fue adaptada con un uso civil a fin de conectar dos sectores separados (armamento y energía) en una sola producción. De este modo, dio lugar a una militarización del espacio, que controla e impregna nuestras vidas cotidianas, de manera invisible pero sustancial.
Desde la Segunda Guerra Mundial, esta evolución ha sido inseparable de la dominación creciente de los Estados Unidos. A las formas tradicionales del imperio, los estadounidenses las ha sustituido en el Pacífico o en Europa con una nueva geopolítica móvil, flexible y conectada –aquella del control cibernético–32 al mismo tiempo que moviliza, en los países ricos en petróleo, su potencia nuclear para imponerles su política.33
Se entienden de este modo las razones que explican la permanencia de la energía atómica. A pesar de todo lo que los discursos pronucleares pueden afirmar, la energía nuclear no es ni la más económica, ni la más limpia, ni la más segura. Como lo muestran muchos análisis, constituye uno de los proyectos más absurdos jamás emprendidos: consiste, trivialmente, en hervir agua y producir vapor, pero para eso necesita una cantidad inmensa de trabajo, máquinas, intercambios comerciales, guerras y peligros. Es como si, para tirar un burro y su carga, se utilizara un carro de asalto. En verdad, la energía nuclear cuesta más que la energía hidráulica o térmica, siempre que se tome en cuenta el costo real de la producción de electricidad, del retratamiento, de los gastos del Estado para la infraestructura (adquisición de las tierras y construcción de las instalaciones) y del bombeo-turbinaje. Que el proceso nuclear no pueda ser detenido, implica un desperdicio de 30 % de la energía acumulada, cuyo costo es agregado a las facturas de electricidad.
Otra mentira corriente a propósito de la energía nuclear consiste en afirmar que no produce dióxido de carbono. Esto equivale a olvidar lo que la extracción mineral del uranio, su refinamiento, su enriquecimiento y su tratamiento, así como su transporte exigen como recurso a la energía fósil. Por tanto, es falso decir que la energía nuclear no contribuye al calentamiento climático. Se estima que en una central nuclear se generan tres millones de kilowatts de calor en el reactor, y que sólo un tercio es convertido en electricidad, siendo el resto desechado, la mayoría del tiempo en el océano. La temperatura del agua de mar en las cercanías de las centrales es más elevada por cerca de 7°C con respecto a los promedios océanicos.34
La energía nuclear no es viable económicamente. Sin el apoyo sin fallas del Estado, sin las astucias financieras y de las aseguradoras que éste concede al complejo nuclear, sin las inmunidades que se promulgan a su favor, este absurdo no existiría.35 Por ejemplo, la Ley de compensación de daños causados por la energía atómica, votada por Japón en 1961, promulga que en caso de accidente causado por una catástrofe natural inesperada o por disturbios sociales, la compañía de electricidad está exenta de cualquier responsabilidad.36 Dicho con otras palabras, es el dinero de los impuestos y de las facturas de electricidad lo que financia la liquidación y la compensación poscatástrofe (si el monto supera los 120 billones de yenes), además de los costos materiales como la adquisición de las tierras, la construcción de las instalaciones, el tratamiento y el almacenaje de los residuos y el desmantelamiento de las centrales. Las compañías de electricidad, por su parte, se contentan con gestionar las instalaciones y la distribución de la electricidad, al mismo tiempo que recolectan la mayoría de las ganancias.
A causa de estas ventajas, cuanto más centrales nucleares construye la compañía de electricidad, tanto más genera ganancias. Por eso, no es meramente imposible desmantelar esta industria, sino sobre todo detener su progresión a través del mundo. La «Aldea nuclear» japonesa tiene primos en todo el planeta. Como lo hemos evocado más arriba, antes de haber instalado una cuarentena de centrales en el archipiélago hasta la década de 1980, desde entonces el cártel japonés ha construido únicamente catorce. Frente a este reflujo, Toshiba y Hitachi buscan vender sus tecnologías a China, a la India y a los países del Sudeste asiático, que deseen todavía aumentar sus capacidades nucleares a pesar del desastre de Fukushima.
Por tanto, detrás de la economía y la socialización poscatástrofe nuclear en Japón opera un régimen nuclear mundial. Desde la aparición del arma atómica, desde la fundación de la Agencia internacional de la energía nuclear (AIEA)37, la historia de la producción nuclear siempre se ha casado con los lineamientos de la historia del mundo, a saber, la historia del colonialismo, del imperialismo, de la Guerra Fría, del imperialismo poscolonial.
En las relaciones de poder internacionales estructuradas en torno al excepcionalismo nuclear, existen arreglos «combinados y desiguales», donde las situaciones históricas distribuyen diferentes papeles en diferentes lugares de producción nuclear, poniendo en juego la extracción de uranio, el comercio mundial, la concentración de capital, la intervención del Estado, la política internacional, la investigación científica, la producción de energía, la producción y distribución de armamentos, la intervención militar, el desmantelamiento de centrales y el tratamiento, transporte y almacenaje de los desechos nucleares. Los países que han obtenido su independencia de forma relativamente reciente –como Canadá, Australia, Nigeria, Namibia, Kazajstán– han recuperado las minas de uranio del antiguo poder colonial, pero han perpetuado su servidumbre transfiriendo el inmenso excedente de valor de su fuerza de trabajo barata e irradiada a las maquinarias catastróficas de las compañías de electricidad de Estados nucleares sofisticados como los Estados Unidos, Francia, Israel o Japón. En esta estructura mundial, las compañías de electricidad de los más grandes países capitalistas absorben el excedente de valor que viene de los demás sectores industriales en el mundo entero, siendo la electricidad (con los servicios y la información) una de las mercancías mayores que influyen sobre el valor de todas las demás mercancías.
Por tanto, las diferentes luchas antinucleares en el mundo se confrontan al mismo poder, aunque de manera diferente. Es una razón, pero no la única, que explica la imposibilidad de abolir completamente el sector nuclear. La cuestión supera la elección de tal o cual fuente de energía. La producción nuclear atraviesa todos los sectores de la economía, es la captura más concentrada, esta «megamáquina» en el sentido de Lewis Mumford, que crea, regula y controla el cuerpo social y su espacio en su conjunto, imponiéndole un proyecto desquiciado y megalómano.38 Pero el sector nuclear es también un poder acéfalo. Es menos dirigido que movido por un conjunto de relaciones de fuerza, que no puede ser detenido o llevado a entrar en razón. Continúa actuando como un autómata, a pesar de todas las crisis que atravesamos, sin escuchar ni responder a nuestras protestas desesperadas.

Descomponer el mundo, redescubrir la tierra

«¿Por qué es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?». Existen varias formas de responder a esta pregunta que obsesiona a los marxistas occidentales. El acontecimiento Fukushima nos habrá enseñado al menos esto: el fin del mundo no puede ya ser imaginado como un fin repentino, se desenvuelve lentamente, en un cuerpo a cuerpo entre el proceso apocalíptico de la humanidad y el tiempo planetario. El fin del capitalismo no puede pensarse como un acontecimiento singular; pero sí puede ser analizado como el amplio movimiento de las luchas y sus interacciones, cuyas consecuencias siguen siendo desconocidas. Este o estos movimientos no tienen una meta final determinada y compartida, y nuestras imaginaciones tienen que adaptarse a esto.
La Tierra ha dejado de confundirse con un globo abstracto, su papel en cuanto base material del capitalismo es manifiesto a partir de ahora. Su papel en cuanto base táctica, logística y estratégica de las luchas contra el capitalismo debe ser por tanto, a su vez, afirmado. Si se puede pensar el fin del capitalismo es desde nuestras maneras de descomponer el mundo en cuanto totalización combinada y desigual, y de recomponer nuevas relaciones terrestres.
No podemos ni queremos ser los salvadores del mundo. Intentamos simplemente sobrevivir como nos conviene y morir como lo hemos elegido. En estos tiempos de calamidad mundial, queremos ver emerger ofensivas que sean ya también soluciones para vivir según nuestras necesidades y nuestras aspiraciones. En esta mezcla de afectos –desesperanza, alegría, cólera– que somos numerosos en compartir, introducimos nuevas armas para golpear y elaboramos herramientas extrañas y curiosos talismanes, para llevar adelante vidas efímeras e intensas sobre esta tierra.

Fuente: artilleriainmanente.noblogs.org